Guacamole clásico de molcajete
Aguacate machacado con sal de grano, chile y cebolla, con trozos y no puré. Cinco ingredientes, ninguno licuado, y el mejor guacamole que vas a hacer.
Va al final y con dos pulsos. Por qué los tallos tienen más sabor que las hojas y qué hacer si a alguien de la mesa le sabe a jabón.
Se puede cambiar por
El cilantro está en 19 de las 53 recetas del sitio y es responsable de una de las causas más frecuentes de salsa amarga. No porque sea amargo, sino por cómo se trata.
El cilantro no se licúa con el resto de los ingredientes. Se añade al final, cuando todo lo demás ya está molido, y se le dan dos pulsos cortos: lo justo para integrarlo.
Si lo licúas de corrido pasan dos cosas y ninguna es buena. Sus aceites se oxidan a toda velocidad y la salsa desarrolla un amargor claro. Y el verde brillante se apaga hacia un verde militar poco apetecible.
Es un error que se comete sin darse cuenta, porque parece lógico echarlo todo junto.
Si ya está hecha: media cucharadita de azúcar y unas gotas de limón corrigen bastante. No le pongas más sal, que acentúa el amargor.
Es lo contrario de lo que casi todo el mundo hace. Los tallos del cilantro concentran más aceites aromáticos que las hojas, y en una salsa licuada se deshacen sin problema.
Usa el manojo completo, cortando solo la parte más leñosa y las raíces. Tirar los tallos es tirar sabor.
En cambio, para picar en crudo —sobre un guacamole, en un pico de gallo— sí conviene usar sobre todo hojas, porque los tallos crudos son fibrosos.
No es una manía: es genética. Entre un 4 y un 14 % de la población tiene una variante en un gen receptor olfativo que hace que perciba de forma dominante los aldehídos del cilantro, los mismos compuestos que hay en algunos jabones.
Para esas personas el cilantro no sabe «fuerte»: sabe literalmente a jabón, y no hay costumbre que lo arregle.
Si cocinas para alguien así, no hay negociación posible. Las alternativas que funcionan:
Manojos de un verde intenso y uniforme, con las hojas firmes y sin partes amarillas o babosas. El olor debe notarse desde el puesto.
Se echa a perder rápido. Lo que mejor funciona: cortar la base de los tallos, poner el manojo en un vaso con dos dedos de agua como si fuera un ramo, cubrirlo holgadamente con una bolsa y meterlo al refrigerador. Cambiando el agua cada dos días aguanta más de una semana.
Sin eso, envuelto en una bolsa cerrada, tres o cuatro días y empieza a ponerse baboso.
No se congela bien: al descongelar queda una pasta oscura sin aroma.
En algunos países se llama culantro al cilantro común, pero también existe el culantro de monte o cilantro ancho —Eryngium foetidum—, una planta de hojas largas y dentadas con un sabor mucho más intenso.
Si una receta caribeña o centroamericana pide culantro, no es esto. Usa un tercio de la cantidad.
En 3 de estas son el ingrediente que define la salsa.
Aguacate machacado con sal de grano, chile y cebolla, con trozos y no puré. Cinco ingredientes, ninguno licuado, y el mejor guacamole que vas a hacer.
La salsa verde de olla: tomate verde hervido con serrano y ajo, licuado con cilantro. Más dulce y redonda que la cruda, y aguanta una semana en el refri.
La salsa verde de diario, sin fuego y en diez minutos: tomate verde crudo, serrano y cilantro licuados. Fresca, ácida y lista antes de que se enfríe la comida.
Aguacate con mango en cubos, chile y limón. Dulce, ácido y apenas picante: el guacamole que convence a quien dice que no le gusta el guacamole.
Jitomate y habanero asados y machacados, sin nada más. La salsa base de Yucatán: suave, dulce y con el aroma del habanero sin su furia.
Pepita de calabaza tostada y molida con jitomate asado y habanero. Un dip prehispánico maya, sin lácteos, y de los más antiguos que se siguen comiendo.
La salsa verde de las taquerías: aguacate licuado con tomate verde y serrano hasta quedar sedosa. Sin crema y sin lácteos, pero con textura de crema.
Chipotle adobado licuado con crema y un toque de limón. Cinco minutos, sin fuego, y sirve para bañar, dipear y untar cualquier cosa.
Aguacate con tomate verde crudo picado en lugar de jitomate. Más ácido, más fresco y no se aguada: el guacamole que aguanta toda la fiesta.
El que va en botella exprimible: aguacate licuado con tomate verde y aceite hasta quedar líquido. No es guacamole de cuchara, es guacamole para chorrear.
Jitomate sofrito con cebolla y chile hasta que espesa. No es salsa de mesa: es la salsa que se cocina en la sartén y se sirve caliente sobre los huevos.
Jitomate, chile y ajo asados al comal y molidos con sal. La salsa roja básica de la cocina mexicana, la que se aprende primero y se hace toda la vida.
La chilaca es el chile que al secarse se vuelve pasilla. Fresca y asada da una salsa verde oscura, ahumada y con más carácter que la de serrano.
Mango maduro con habanero, cebolla morada y limón. El dulce del mango y el perfil floral del habanero son la mejor pareja de la cocina mexicana.
Piña caramelizada al comal, licuada con chile de árbol y limón. Dulce, ahumada y picante: la salsa que le faltaba a tus tacos al pastor.
Jitomate y chile asados, martajados en piedra con sal de grano. Textura rústica, sabor concentrado y la cebolla picada al final que la vuelve otra cosa.
Martajada a mano en piedra, con textura y no puré. El molcajete no licúa: machaca, y por eso esta salsa sabe distinta aunque los ingredientes sean los mismos.
La salsa verde que se sirve en los puestos: licuada y luego sazonada en aceite caliente hasta que espesa y cambia de color. Aguanta el calor sin aguarse.
Tomate verde y serrano quemados al comal hasta que la piel se ampolla y ennegrece. Sabor a humo, cuerpo espeso y el amargor justo que la vuelve adictiva.
Habanero, cebolla morada y naranja agria. Cuatro ingredientes, ningún fuego y el nombre lo dice todo: en maya significa nariz de perro, por cómo te deja.