Salsa de chile guajillo
Roja intensa, afrutada y apenas picante. La salsa que pueden comer todos en la mesa, y la base de los adobos y los chilaquiles rojos.
Por qué el guajillo casi no pica, cómo desvenarlo para que no amargue, cuánto hay que remojarlo y por qué siempre hay que colar sus salsas.
Se puede cambiar por
El guajillo es el chile seco más vendido de México y el peor entendido. Mucha gente lo compra esperando que pique, se lleva una decepción y concluye que “los chiles secos no pican”. Otros lo usan con venas y semillas y acaban con una salsa amarga que le achacan al chile.
El guajillo es el chile mirasol seco: largo, de unos doce centímetros, piel lisa y brillante, de un rojo profundo casi vinoso.
Entre 2 500 y 5 000 unidades Scoville, el mismo rango que un jalapeño suave. En una salsa donde entran diez o doce guajillos con el resto de ingredientes, el picor resultante es prácticamente nulo.
Está ahí por otras dos cosas.
El color es su primera función. Ningún otro chile da ese rojo brillante e intenso que asociamos con la comida mexicana: el pozole rojo, los adobos, las enchiladas rojas, la salsa taquera. Cuatro guajillos desvenados en una salsa de chile de árbol la convierten de naranja pardo a rojo profundo.
El sabor es afrutado, con notas que recuerdan al té negro, a la ciruela pasa y a un ligero tono de fruta cítrica seca. Es un chile que aporta cuerpo y fondo sin agresividad.
En la mayoría de los chiles, quitar las venas es una decisión sobre el picor. En el guajillo es una decisión sobre el amargor: sus venas aportan poquísima capsaicina y bastante amargor.
Quitarlas mejora la salsa sin coste alguno. Se hace en frío y en seco, antes de tostar: cortas el chile a lo largo con tijeras, arrancas el pedúnculo con la placenta pegada y sacudes las semillas. Doce guajillos se limpian en cuatro minutos.
Tostar: 20 segundos por lado en comal seco, presionando con una espátula. Pasa de rojo mate y correoso a rojo brillante y empieza a oler dulce.
Remojar: 20 minutos en agua muy caliente, con el fuego apagado. Es más tiempo que otros chiles porque su piel es notablemente más gruesa. Nunca hervirlo: hervido amarga.
Prueba el agua de remojo antes de usarla. Si sabe dulce y afrutada, tiene más sabor que cualquier caldo.
La piel del guajillo es la más gruesa de los chiles secos de uso común y ninguna licuadora doméstica la deshace por completo. Si no cuelas, tu salsa tendrá una textura arenosa inconfundible.
Malla fina, una cuchara para empujar y raspar por debajo. Lo que se queda en el colador se tira: no tiene sabor útil.
Flexible, de rojo profundo y con brillo. Un guajillo que se quiebra al doblarlo ya perdió color y aroma. Ojo con los excesivamente rojos y brillantes, que a veces vienen tratados; uno más apagado pero flexible y aromático dará mejor salsa.
Guardado en frasco cerrado, sin luz ni humedad, aguanta más de un año.
Chile puya: su pariente cercano, más pequeño y con el mismo perfil afrutado, pero pica el doble. Cambiar tres guajillos por tres puyas es la forma más limpia de darle picor a una salsa de guajillo.
Chile cascabel: color más apagado y perfil de nuez en lugar de afrutado.
Chile ancho: más dulce y más oscuro. Da un rojo tirando a marrón.
En 6 de estas son el ingrediente que define la salsa.
Roja intensa, afrutada y apenas picante. La salsa que pueden comer todos en la mesa, y la base de los adobos y los chilaquiles rojos.
Dos cabezas enteras de ajo confitadas despacio en aceite con chile guajillo. Dulce, untuosa y con muy poco picor: la macha que se come con cuchara.
La versión con más cacahuate que chile: cremosa, tostada y con el picor amortiguado por la grasa. La macha para quien encuentra brava a la clásica.
Ancho, mulato y guajillo molidos con especias hasta quedar pasta. No es salsa de mesa: es la marinada que convierte cualquier carne en carne enchilada.
La salsa embotellada de casa: chile de árbol y vinagre, líquida y punzante. Dura meses en el refri y sirve para chorrear sobre todo.
La salsa roja espesa y brava de los puestos de tacos: chile de árbol y guajillo fritos, molidos con jitomate y sazonados hasta que se pegan al taco.
Chabacano y ciruela pasa cocidos con chile y limón hasta espesar. Dulce, ácido, salado y picante a la vez, sin colorante y sin el sabor artificial del de botella.
Pulpa de tamarindo cocida con chile y piloncillo hasta espesar. Agridulce, oscura y pegajosa: la salsa de la fruta con chile y de las michis.
Chicatanas tostadas y molidas con chile de árbol y ajo. Sabor a tierra mojada y a nuez, y solo se puede hacer unos días al año.
El guajillo que sí pica. Mismo perfil afrutado y rojo brillante, pero con el doble de picor: la salsa de la birria y de los tacos de suadero.
La salsa naranja de la taquería: chile de árbol y ajo licuados con aceite hasta emulsionar. Cremosa sin llevar crema, y bastante más brava de lo que parece.
Aceite infusionado con chile piquín y ajo, sin trozos ni semillas. Se usa en gotas y levanta cualquier plato sin cambiarle la textura.