Salsa cremosa de aguacate
La salsa verde de las taquerías: aguacate licuado con tomate verde y serrano hasta quedar sedosa. Sin crema y sin lácteos, pero con textura de crema.
No es un jitomate inmaduro: es otra planta. Cómo elegirlo, por qué hay que enjuagarlo siempre y qué cambia entre usarlo crudo, hervido o tatemado.
Empecemos por deshacer el malentendido más extendido: el tomate verde no es un jitomate sin madurar. Es otra planta distinta, del género Physalis, emparentada con el jitomate pero no la misma especie. Crece envuelto en una cáscara de papel que se abre cuando el fruto madura.
También se le llama tomatillo, miltomate, tomate de cáscara y tomate de fresadilla, según la región.
Ácido y cítrico, con un punto astringente y un sabor herbáceo que no tiene nada que ver con el jitomate. Crudo es filoso; cocido pierde acidez y desarrolla dulzor.
Esa acidez es su función principal en una salsa: corta la grasa. Una salsa verde al lado de unas carnitas hace un trabajo que ninguna salsa de jitomate consigue.
La cáscara de papel deja una película pegajosa sobre el fruto que es francamente amarga. Basta con frotar los tomates bajo el chorro con las manos hasta que dejen de resbalar.
Es un paso de treinta segundos que la mayoría se salta, y después se preguntan por qué su salsa verde sabe rara.
Crudo. Ácido, filoso, sabor a jardín. Es la salsa verde cruda de todos los días. Dura tres días.
Hervido. Redondo y dulce. Pierde nervio y gana suavidad. Es la base de los chilaquiles verdes, del pollo en salsa verde y de casi toda la cocina de diario. Dura una semana.
Tatemado. Concentrado, ahumado y con un amargor agradable. Es el que quieres para acompañar carne asada.
Ninguno es más correcto. Son tres ingredientes distintos que salen del mismo fruto.
Entre 8 y 12 minutos hervido, según el tamaño. La señal no es el reloj: es el color. Entran verde brillante, casi fluorescente, y salen verde olivo apagado.
En cuanto el primero se abre y suelta jugo, ya está. Pasarse los deshace, y un tomate reventado dejó su cuerpo en el agua: esa salsa nunca va a espesar.
Y guarda el agua de cocción. Tiene sabor y acidez; el agua de la llave solo diluye.
Firme, que no ceda al apretarlo. La cáscara debe estar seca y apretada al fruto, no suelta ni ennegrecida.
Los de tamaño mediano —del tamaño de una nuez grande— suelen ser los mejores: los muy pequeños son demasiado ácidos y los muy grandes tienen más agua y menos sabor.
Si al quitar la cáscara el fruto está pegajoso y brillante, es normal. Si está viscoso y blando, ya se pasó.
Con su cáscara, en el refrigerador, en una bolsa de papel. Aguantan dos o tres semanas, bastante más que un jitomate.
Sin cáscara y enjuagados, una semana.
Se congelan bien ya cocidos, en su agua de cocción.
Además de licuado, el tomate verde crudo cortado en cubos pequeños funciona como el jitomate en un pico de gallo o en un guacamole, con dos ventajas: aporta acidez en lugar de dulzor, y tiene mucha menos agua, así que la preparación no se aguada.
Prácticamente por nada, si lo que quieres es una salsa verde. Su acidez y su pectina son específicas.
En una emergencia, jitomate verde muy poco maduro con un buen chorro de limón se acerca de lejos. No es lo mismo y da otra salsa.
En 10 de estas son el ingrediente que define la salsa.
La salsa verde de las taquerías: aguacate licuado con tomate verde y serrano hasta quedar sedosa. Sin crema y sin lácteos, pero con textura de crema.
Aguacate con tomate verde crudo picado en lugar de jitomate. Más ácido, más fresco y no se aguada: el guacamole que aguanta toda la fiesta.
El que va en botella exprimible: aguacate licuado con tomate verde y aceite hasta quedar líquido. No es guacamole de cuchara, es guacamole para chorrear.
La salsa verde de olla: tomate verde hervido con serrano y ajo, licuado con cilantro. Más dulce y redonda que la cruda, y aguanta una semana en el refri.
La salsa verde de diario, sin fuego y en diez minutos: tomate verde crudo, serrano y cilantro licuados. Fresca, ácida y lista antes de que se enfríe la comida.
La chilaca es el chile que al secarse se vuelve pasilla. Fresca y asada da una salsa verde oscura, ahumada y con más carácter que la de serrano.
Martajada a mano en piedra, con textura y no puré. El molcajete no licúa: machaca, y por eso esta salsa sabe distinta aunque los ingredientes sean los mismos.
La salsa verde que se sirve en los puestos: licuada y luego sazonada en aceite caliente hasta que espesa y cambia de color. Aguanta el calor sin aguarse.
Tomate verde y serrano quemados al comal hasta que la piel se ampolla y ennegrece. Sabor a humo, cuerpo espeso y el amargor justo que la vuelve adictiva.
Tomate verde con chile de árbol seco tostado: verde en el color y brava en el picor. La salsa que se ve inocente y no lo es.