Cebolla morada curtida
Cebolla en naranja agria o limón hasta que se pone rosa y pierde el filo. Sin fuego, en media hora, y no hay taco de cochinita sin ella.
La química detrás del cambio de color, cómo desflemarla en diez segundos y por qué picada al final sabe mejor que machacada.
Se puede cambiar por
La cebolla morada tiene dos cosas que la blanca no: un color que cambia con el ácido y un sabor algo más dulce y menos agresivo. Las dos la vuelven la elección obvia para curtidos y para salsas de fruta.
Su color morado viene de las antocianinas, unos pigmentos que cambian de tono según el pH del medio en que están.
En medio neutro son moradas. En medio ácido —jugo de limón, naranja agria, vinagre— viran a un rosa fucsia brillante.
No es un truco cosmético: es la señal visual de que el curtido está funcionando. Cuando la cebolla se ha puesto rosa, el ácido ya penetró en el tejido.
Por eso una cebolla curtida en limón se ve como se ve, y por eso una cebolla blanca curtida sabe igual pero no tiene ninguna gracia visual.
Es un truco poco conocido y muy efectivo. La cebolla picada en un colador, agua hirviendo por encima durante diez segundos, y a escurrir.
No la cuece. Lo que hace es eliminar buena parte de los compuestos volátiles de azufre que producen el ardor y el regusto que repite durante horas.
El resultado es una cebolla que sigue crujiendo pero que se puede comer a puñados. Es el paso que separa una cebolla curtida buena de una agresiva.
La alternativa es desflemarla con ácido: diez minutos en jugo de limón con sal, que además la cura y la pone rosa.
Para curtir, plumas delgadas de dos o tres milímetros. Es lo único que requiere técnica y es donde se juega el resultado.
Cortada gruesa tarda horas en curtirse, queda dura y sigue sabiendo a cebolla cruda por dentro. Cortada fina se cura en treinta minutos, absorbe el ácido de forma pareja y conserva un crujido agradable.
Si tienes mandolina, es su momento.
Es una regla que aplica a la cebolla morada y a la blanca por igual, y es de las mejoras más baratas que puedes hacerle a una salsa.
Machacada en el molcajete o licuada, la cebolla suelta sus jugos, se integra y en dos horas domina todo el sabor de la salsa.
Picada muy fina y solo revuelta al final, se queda entera. Cruje y aporta frescura en algunas cucharadas y en otras no, que es exactamente lo que hace interesante a una salsa de mesa.
Es un detalle de puesto de tacos que vale la pena copiar.
El ácido reacciona con el aluminio y con el acero de baja calidad, y esa reacción deja un sabor metálico inconfundible además de decolorar la cebolla.
Tazón de vidrio, cerámica o plástico alimentario, y cuchara de madera o plástico. Es un detalle pequeño que arruina la preparación entera cuando se ignora.
Firme y pesada para su tamaño, con la piel exterior seca y crujiente. Sin manchas blandas ni brotes verdes asomando por arriba.
En un lugar fresco, seco y ventilado, fuera del refrigerador y lejos de las papas, que la hacen brotar antes. Un mes.
Una vez cortada, en el refrigerador dentro de un recipiente cerrado, tres o cuatro días.
Cebolla blanca, que en la mayoría de las salsas mexicanas es de hecho la opción estándar. Es algo más punzante y no se pone rosa.
Para un curtido, la blanca funciona bien de sabor y pierde toda la gracia visual. Para una salsa de fruta, la morada es claramente mejor por su dulzor.
En 3 de estas son el ingrediente que define la salsa.
Cebolla en naranja agria o limón hasta que se pone rosa y pierde el filo. Sin fuego, en media hora, y no hay taco de cochinita sin ella.
Rodajas de manzano con cebolla en limón y sal. Media hora, sin fuego, y es el acompañamiento que no falta en una taquería del centro de México.
Habanero, cebolla morada y naranja agria. Cuatro ingredientes, ningún fuego y el nombre lo dice todo: en maya significa nariz de perro, por cómo te deja.
Aguacate con mango en cubos, chile y limón. Dulce, ácido y apenas picante: el guacamole que convence a quien dice que no le gusta el guacamole.
Pepita de calabaza tostada y molida con jitomate asado y habanero. Un dip prehispánico maya, sin lácteos, y de los más antiguos que se siguen comiendo.
Chile pasilla molido con pulque o cerveza y queso añejo. La salsa de la barbacoa dominical, oscura, densa y con un fondo fermentado inconfundible.
Mango maduro con habanero, cebolla morada y limón. El dulce del mango y el perfil floral del habanero son la mejor pareja de la cocina mexicana.
Piña caramelizada al comal, licuada con chile de árbol y limón. Dulce, ahumada y picante: la salsa que le faltaba a tus tacos al pastor.