Guacamole con mango
Aguacate con mango en cubos, chile y limón. Dulce, ácido y apenas picante: el guacamole que convence a quien dice que no le gusta el guacamole.
La prueba del rabito, por qué el hueso no sirve para conservar el guacamole y cómo el aguacate consigue textura de crema sin llevar lácteos.
Se puede cambiar por
El aguacate es el único ingrediente de este recetario que aporta grasa por sí solo sin ser un aceite ni un lácteo, y eso lo convierte en la base de una categoría entera de salsas.
Cuando licúas aguacate con un líquido acuoso, su grasa se dispersa en gotas microscópicas y forma una emulsión, exactamente igual que en una mayonesa.
Por eso la salsa verde clara de las taquerías parece llevar crema y no lleva ninguna: la textura sale del propio aguacate bien licuado. Es una salsa vegana por origen, no por adaptación.
La forma más fiable de saber si un aguacate está en su punto sin abrirlo.
Quita el rabito con el pulgar. Si:
La segunda prueba es el tacto: debe ceder ligeramente a una presión con la palma de la mano, no con la yema del dedo. El dedo magulla, y esa magulladura aparece después como una mancha negra en la pulpa.
Hass siempre que se pueda: piel rugosa que se oscurece al madurar, más grasa que las demás variedades y una textura mantequillosa que las de piel lisa no alcanzan.
Los aguacates de piel lisa y brillante —criollo, fuerte— tienen más agua y menos grasa. Sirven, pero el guacamole sale más aguado.
El oscurecimiento lo causa una enzima que reacciona con el oxígeno. No se puede impedir, solo retrasar. Tres medidas que funcionan de verdad:
1. Ácido. Limón, un cítrico por cada dos o tres aguacates. Baja el pH y ralentiza la enzima.
2. Sin aire. Recipiente pequeño, lleno hasta el borde. Cuanto menos aire quede arriba, más lento.
3. Plástico pegado a la superficie. Film transparente en contacto directo con la salsa, no tapando el recipiente por arriba. Es la medida más efectiva de las tres.
Con las tres juntas, un guacamole aguanta un día con buen color y una salsa licuada dos.
Es el mito más repetido de la cocina mexicana. Dejar el hueso dentro del guacamole protege exactamente el trocito de superficie que el hueso tapa, y nada más. No emite ninguna sustancia antioxidante.
Se ve bien y no hace nada.
Para acelerar: en una bolsa de papel con un plátano o una manzana, que emiten etileno. Uno o dos días.
Para frenar: un aguacate ya maduro va al refrigerador y se detiene ahí tres o cuatro días. A diferencia del jitomate, el aguacate maduro no se arruina con el frío.
Un aguacate verde no debe refrigerarse: se queda duro para siempre y nunca madura bien.
Corta a lo largo alrededor del hueso, gira las dos mitades en sentidos opuestos y separa. Para el hueso, golpéalo con el filo del cuchillo y gira: sale limpio. Con cuidado.
La pulpa sale entera pasando una cuchara sopera entre la pulpa y la piel.
Lo más verde y más nutritivo está pegado a la piel, así que raspa.
En un guacamole, por nada.
En una salsa cremosa, la crema ácida da una textura parecida con otro sabor, y la pepita de calabaza molida —como en el sikil pak— aporta cremosidad vegetal sin lácteos.
En 5 de estas son el ingrediente que define la salsa.
Aguacate con mango en cubos, chile y limón. Dulce, ácido y apenas picante: el guacamole que convence a quien dice que no le gusta el guacamole.
La salsa verde de las taquerías: aguacate licuado con tomate verde y serrano hasta quedar sedosa. Sin crema y sin lácteos, pero con textura de crema.
Aguacate machacado con sal de grano, chile y cebolla, con trozos y no puré. Cinco ingredientes, ninguno licuado, y el mejor guacamole que vas a hacer.
Aguacate con tomate verde crudo picado en lugar de jitomate. Más ácido, más fresco y no se aguada: el guacamole que aguanta toda la fiesta.
El que va en botella exprimible: aguacate licuado con tomate verde y aceite hasta quedar líquido. No es guacamole de cuchara, es guacamole para chorrear.